Chicos de madrid

Y " Chico de Madrid " murió porque no había remedio. Murió a la misma hora en que salen sus ratas a averiguar la tarde con los morritos saltimbanquis, cuando la tierra se pone morena y hay violetas en los tejados y el primer murciélago hace su ronda de animalejo complicado y se extiende como una gasa de tristeza por las orillas del Manzanares. Las ratas se paseaban por su asqueroso imperio sin aparente temor y cruzaban una vez y otra desde la escombrera de sus guaridas al basurero de sus banquetes, las cabecillas altivas hociqueando melindrosamente.

En el muelle los grandes bloques de cemento de las abandonadas obras del espigón entristecían con su siniestro parapeto y era allí donde los pescadores de caña probaban su suerte, sentados en los enormes cubos, bajo el sol de julio, en centinela impasible. Alguien les distrajo desde el muelle.

El hombre se despidió y se fue con paso nervioso y contoneado hacia la población. Luego lo cuentan a sus amigos y presumen. Esto, para ellos, es una hazaña, una cosa muy grande. No lo comprendo de ninguna manera.

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Al cabo del tiempo, estraga. El pesca y su ayudante guardaron silencio ensimismados. Las manos del pescador ponían orden, como una cuidadosa costurera en su cestillo, en el lío de cuerdas y anzuelos. El ayudante comprobaba el acetileno de los faroles y las corcheras de las boyas. A las cinco de la tarde la tripulación estaba a bordo, pero los huéspedes no habían llegado. El costa, sentado en la incómoda cabina del puente, se iba enfadando. Desde luego, el que vino, voz tiene. No sé por qué me habré comprometido -añadió pesaroso. No necesito invitaciones de nadie. Es el señor Marí el que tiene la culpa, el que se ha aplomado para que los llevemos.

El pesca se fue hacia la proa dispuesto a echar un cigarro con su ayudante. La vejez y los años de mar habían dado a su andar vacilación y lentitud. Su ayudante estaba tumbado en la escotilla. En un cuarto de hora doblamos la farola. Ya han llegado. Por fin Venga, motor. Arriba, señores. Saltaron a la barca y comenzaron a estrechar las manos de los tripulantes desocupados. Es vino, chuletas y pasteles. El vino es un rioja estupendo. Tocamos a dos botellas por barba. También hemos traído una botella de coñac. O mejor abajo, en los ranchos.

Si esto les divierte, si la pesca se da Un viaje como éste no lo volvéis a hacer en la vida. Hay que llevarse recuerdos. Es difícil coger muchos. Lo primero es abrir unas botellas. Corra el zumo de la vid. El pesca fue el primero que bebió del gollete de la botella destapada.

Debe costar unas cuantas pesetas Da pena beberse tantas pesetas. Al fondo el ocre de los islotes fulgía de oro. La isla grande aparecía opaca y polvorienta. La población desde la mar, al fondo de la bahía, era un rimero de construcciones sepulcrales. Al anochecer habían navegado veinte millas y no se veían las islas.

El pesca anunció la echada de los palangres. Iñigo y sus dos compañeros fraternizaban con la tripulación. Se hablaba de mujeres en términos cuarteleros. El ayudante del pesca babeaba de regocijo. Los cebos habían sido sacados de la nevera y sobre la escotilla de proa, la marinería tajaba las aletas pectorales de los peces voladores. El barco acortó su andar. El pesca ayudado por Rubio dejó caer la boya maestra con la luz de pilas encendida.

Antonio, el barco al rumbo. Id encendiendo las luces de las primeras boyas. El pesca iba prendiendo en los anzuelos por los ojos parejas de peces voladores y los lanzaba de bolea al agua. La primera boya de acetileno fue posada en el sereno de la mar. Cabeceó un poco y luego tomó el casi imperceptible vaivén de las aguas. El belga sacaba fotografías una y otra vez. A las diez habían tendido tres millas de palangres y una procesión de luces cortaba la mar como si fuera la emigración de grandes peces fosforescentes en columna.

Podemos ir cenando. Se abrieron los paquetes de chuletas y se descorcharon botellas. Nosotros navegamos arriba y abajo de los palangres. Sabemos las luces que son. Cuando falta una, nos acercamos: El pesca contempló paternalmente a Jean.

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Ya le avisaremos cuando haya picada. El ayudante estaba contando las boyas encendidas. Interrumpieron la cena y arrumbaron hacia la boya apagada. Había en el barco expectación. Iñigo se movía a proa, estribor y babor, con la inquietud de la primera captura. Paco preguntaba al ayudante. Si fuera grande. Era un pez espada de unos veinticinco quilos y no había luchado. Su mordida fue profunda y tenía el gran anzuelo prendido en el esófago. La línea de caleo había herido su delicada piel y estaba como latigueado. Esta noche ha comenzado bien.

Tenemos que hacer una gran pescada. La pescada del siglo. Vamos a llenarlo todo hasta el pañol de popa. Iñigo acrecía su vocabulario marinero a medida que avanzaba la noche. A las dos de la mañana la pesca había aumentado: A las dos y media, el marinero que hacía de serviola anunció con grandes gritos que tres luces estaban apagadas en la primera liñea, junto a la boya maestra.

El barco se fue aproximando a la procesión. Este puede ser un marrajo grande, o quién sabe, pero grande.

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Por 1a amura de babor estaban al ojo los tripu1antes. Iñigo se había subido en la escotilla y y Paco se empinaba discretamente para no molestar a los pescadores. A medida que lo izaban a la cubierta, el pesca y su ayudante lo iban rajando y desviscerando con sus cuchillos. Luego, en la cubierta golpearon su poderosa cabeza con mazos y estacas, hasta que dejó de boquear, Y quedó tendido a babor y hacia proa, entre la escotilla y la amura, midiendo en toda su longitud cuatro metros largos. Creo que por esta noche tenemos bastante. Hay demasiado espanto en los fondos.

Al amanecer comenzaron a recoger los palangres y a desanzuelar los peces voladores. Un marinero corrió hacia proa pasando por encima del pez zorro con los pies descalzos. Iñigo reclamó a Paco. Y asentó los pies sobre el costado absurdamente triunfal.

El pez muerto se contrajo y después de un tremendo espasmo, que lanzó a Iñigo contra la escotilla, comenzó a coletear guadañando el aire. Por la tarde Iñigo, escoltado por sus amigos, bebía en los bares de la población. La mano izquierda, cuidadosamente vendada, reposada en un cabestrillo. T odos los ayuntamientos de pueblo huelen a muerto Contemplaba el muro blanquiañil. Sobre los pajizos ladrillos del rodapié, la humedad había festoneado una diminuta y crepuscular serranía, plomiza hasta el perfil oriniento, elevada en agujas o en llamas por los dos rincones.

La faja del rodapié era rastrojo, comienzo de tierra paniega. El espectro de paisaje se borró sobre el muro. Estaba sentado. Dobló la cintura y comenzó a frotar1e suave- mente las piernas, cubiertas con medias rojas. Luego sé ciñó las zapatillas, que habían perdido su negro azabache y parecían sucias y estaban despellejadas por las puntas. Con varices no se puede correr bien Por un ventanuco miraba al patio el Chato la Nava, distraído, deslumbrado por el espejeo del sol en la albura de la fachada frontera; rumorosos los oídos del monólogo de su compañero.

Quedarse en casa. Ni ansias, ni varices, ni canguelo; sopa de ajo. Si no lo puedes hacer te fastidias, que hay quien lo hace y engorda. Perucho hizo un gesto de desesperanza. Se levantó de la silla. El asiento de adornos barrocos tenía un agujero en medio, con flecos de cartón. El Chato la Nava se pasó despaciosamente una mano por las rucias barbas de dos días y se apartó del ventano. El Chato la Nava guardó una pausa antes de responder: Perucho fue hacia la puerta. De su chaqueta cogió un paquete de cigarrillos.

El Chato la Nava tenía los faldones dé la camisa por encima del pantalón. A un fiambre que se lo han llevado hace un rato. Un olor como a polvo meado, a papelotes, a ropa sucia Yo sé lo que me digo Como esto, como esto, y que se te pega Un fundón viejo que tenía repujado un nombre que no era el suyo y mostraba en la tapa de la cartera la huella rectangular de la chapa de propiedad de su antiguo dueño. Acaba ya -dijo el matador-. Mira que tienes gusto, mira que se te ocurren ideas Por el ventanuco entraba mucha luz.

Del alto techo colgaba una bombilla encendida. En el fondo de la habitación estaban amontonados pupitres y bancos rotos y palos de banderas y una monstruosa cabeza de cartón y varios escudos de madera pintados de azul celeste con la Virgen descalza sobre el filo de una media luna navajera ornada de estrellas. He engordado, que también perjudica a las varicés. Un día tengo un disgusto Son de alambre.


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Buscadme a Pepe No sirven Buscadme a ese tío Al Chato la Nava le llegaban los calzoncillos a las corvas. Estaba de espaldas a sus compañeros preparando su traje. Desde el omoplato derecho hasta la cintura le culebreaba una cicatriz blancuzca, con relieves de zurcimiento malo. Se volvió hacia el matador. Tenía el pecho ancho y velludo con un lucero de canas sobre el esternón. Sostenía cuidadosamente la taleguilla entre sus manos. De sus brazos podían proliferar brazos; eran como dos ramas, largos, nudosos, fuertes y sombreadores.

Las delgadas piernas, un poco zambas, parecían estar unidas de un modo artificial a los pies; pies de alpargatas y abarcas, cuerudos, aplastados, firmemente puestos sobre la tierra. Perucho abrió la puerta y gritó: Que venga inmediatamente. Perucho cerró la puerta. Por diez cochinos duros ése es capaz de vender a su madre El Chato la Nava, con la taleguilla puesta, se acercó a su matador. Esto se despacha en seguida. Entró el mozo de estoques, seguido del empleado del Ayuntamiento.

El alcalde dice que hay que empezar ahora mismo, que el señor marqués se tiene que marchar a Madrid y quiere veros. En estas cosas es mejor El Chato la Nava contemplaba a su matador. Pepe, el mozo de estoques, bebía del botijo.

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Terminaron de vestirse. El mozo de estoques había salido con el esportón de los trastos. L os dos peones le dejaron pasar. Los carros que formaban la plaza estaban atestados de gente. En el balcón del Ayuntamiento se sentaban el alcalde el señor marqués. Una mujer con toquilla les ofreció unos vasos de limonada en una bandeja. Los tres toreros caminaban entre los mozos que ocupaban el círculo arenado. A ver Los toreros se colocaron frente al Ayuntamiento.

Los mozos despejaron el círculo subiéndose a los carros Gritaban. Sonó un tamboril, y luego, las notas agridulcillas de dos dulzainas comenzaron un pasacalle. Los toreros iniciaron el paseíllo. De la leve capa de arena del suelo de la fiesta emergía el empedrado cotidiano: Lentamente fueron al burladero grande.

La torre de la iglesia daba sombra a la plaza. Se hizo silencio. En el silencio estaban los tres solos. Desde el brocal de talanqueras y carros les contemplaba el pueblo entero. Cuando salió el toro, viejo y negro, el pozo se fue llenando de su sombra. La gente gritaba pidiendo que abandonaran el burladero.

El Chato la Nava miró a los compañeros. Y salió. En el brocal se hizo un silencio de campo. Los amarillos de las tierras paniegas, los grises del gredal y el almagre de los campos lineados por el verdor acuoso de las viñas se sucedían monótonos como un traqueteo. En la siestona tarde de verano, los viajeros apenas intercambiaban desganadamente suspensivos retazos de frases.

Daba el sol en la ventanilla del departamento y estaba bajada la cortina de hule. El son de la marcha desmenuzaba y aglutinaba el tiempo; era un reloj y una salmodia. Los viajeros se contemplaban mutuamente sin curiosidad y el cansino aburrimiento del viaje les ausentaba de su casual relación. Uno de los tres hombres del departamento le respondió antes que la mujer sentada frente a ella tuviera tiempo de contestar. En la próxima. La joven hizo un mohín, que podía ser de disgusto o simplemente un reflejo de coquetería, porque inmediatamente sonrió al hombre que le había informado.

El vino, a pocos, es bueno. El hombre descolgó su bota del portamaletas y se la ofreció a la joven. La mujer mayor revolvió en su bolso y sacó un pañuelo gran- de como una servilleta. Puedes echar a perder el vestido. Los tres hombres del departamento contemplaron a la muchacha bebiendo. Los tres sonreían pícara y bobamente; los tres tenían sus manos grandes de campesinos posadas, mineral e insolidariamente, sobre las rodillas.

Su expectación era teatral, como. El dueño de la bota la sostuvo cuidadosamente, como si en ella hubiera vida animal, y la apretó con delicadeza, cariciosamente. La parada es de tres minutos. Del tren a la cama Antes, los asientos eran de madera y se revenía el pintado. Antes echaba uno hasta la capital cuatro horas largas, si no traía retraso. Antes, igual no encontraba usted asiento y tenía que ir en el pasillo con los cestos. Ya han cambiado las cosas, gracias a Dios. Y en la guerra En la guerra tenía que haber visto usted este tren.

A cada legua le daban el parón y todo el mundo abajo. En la guerra Se quedó un instante suspenso. Sonaron los frenos del tren y fue como un encontronazo. Hay que quitarse el hollín. No estoy acostumbrada. La mujer mayor frunció el entrecejo y se dirigió en un susurro a la joven; el susurro coloquial tenía un punto de menosprecio para los hombres del departamento al establecer aquella marginal intimidad. Hablaban de cómo venía el campo y en sus palabras se traslucía la esperanza. La mujer mayor volvió a darse aire con la revista cine-.

La pintura de los labios de la mujer mayor se había apagado y extendido fuera del perfil de la boca. Sus brazos no cubrían la ancha mancha de sudor axilar, aureolada del destinte de la blusa. La joven levantó la cortina de hule. El edificio de la estación era viejo y tenía un abandono triste y cuartelero. En su sucia fachada nacía, como un borbotón de colores, una ventana florida de macetas y de botes con plantas. De los aleros del pardo tejado colgaba un encaje de madera ceniciento, roto y flecoso.

A un lado estaban los retretes, y al otro un tingladillo, que servía para almacenar las mercancías. El jefe de estación se paseaba por el andén; dominaba y tutelaba como un gallo, y su quepis rojo era una cresta irritada entre las gorras, las boinas y los pañuelos negros. El pueblo estaba retirado de la estación a cuatrocientos o quinientos metros.

El pueblo era un sarro que manchaba la tierra y se extendía destartalado hasta el leve henchimiento de una colina. La torre de la iglesia - una ruina erguida, una desesperada permanencia- amenazaba al cielo con su muñón. Los ocupantes del departamento volvieron las cabezas. Forcejeaba, jadeante, un hombre en la puerta. El jadeo se intensificó. Dos de los hombres del departamento le ayudaron a pasar la cesta y la maleta de cartón atada con una cuerda.

El hombre se apoyó en el marco y contempló a los viajeros. Tenía una mirada lenta, reflexiva, rastreadora. Luego se quitó la gorrilla y sacudió con la mano desocupada su blusa. Pidió permiso para acercarse a la ventanilla y todos encogieron las piernas.

No dispongo de mucho tiempo por tener que cuidadar a madre anciana. Me gustaría compartir buenos momentos haciendo cosas que me gustan, como salir al campo, hacer rutas de senderismo, salir a tomar el aperitivo Tengo un grupo de 25 a 35 años en los que se van haciendo planes. De momento estamos empezando. Muy majos Un saludo. Me encantaría conocer a alguien bueno con quien poder tener complicidad y compartir tiempo. Busco conocer gente ya que no tengo mucho tiempo en Madrid y quiero hacer amistad, tomar algo o a ver qué se da..

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